Si bien es cierto que desde la Antigüedad son innumerables las referencias literarias a las ciencias de la salud, especialmente con el inicio y desarrollo de campos como la neurología o a psiquiatría, lo que nos permitió el acercamiento a los orígenes y postulados que hoy en día rigen esta profesión, la Terapia Ocupacional ha de ser considerada como una disciplina relativamente joven en muchos sentidos. La filosofía y la práctica clínica de la intervención de la terapia ocupacional, nace precisamente del proceso de humanización de la asistencia médica, entendido como un asunto ético, que nos lleva a diseñar políticas, programas, a realizar cuidados y velar por las relaciones asociadas a conseguir la máxima dignidad y cuidado en la atención a cada paciente. La terapia ocupacional lleva a cabo su labor en las discapacidades de todo tipo: físicas, psíquicas, así como en la marginación social y estigma que éstas suponen, ya sea en el ámbito familiar, hospitalario, laboral o escolar. Y todo ello partiendo del concepto de ser humano, como un ente dinámico y abierto, donde interactúan sus diferentes capacidades (físicas, psíquicas y sociales) así como el entorno que las rodea. Esta disciplina, íntimamente ligada al concepto de “re-humanizar” como característica inherente a la actividad asistencial, trata de reeducar cualquier afectación o menoscabo de las capacidades del ser humano, que ocasionan a éste una disfunción ocupacional que le impida llevar a cabo sus ocupaciones con plena autonomía. Estudia y analiza las ocupaciones limitadas, recuperando los componentes de desempeño, tanto físicos, como psíquicos o sociales afectados, para lograr que el usuario recobre o adquiera su independencia. Es decir, trata de promover la salud y bienestar de cada usuario, a través de la ocupación, para lograr capacitar a las personas para participar en las actividades de la vida diaria.