El carácter irreversible del envejecimiento demográfico es ya un hecho asumido en toda Europa. La importancia de este fenómeno se deriva tanto del enorme impacto que el envejecimiento poblacional tendrá sobre las finanzas públicas, como de los cambios que consecuentemente se han de producir en los diferentes ámbitos de la vida social: la salud, el mercado laboral, la vivienda, el consumo, el ocio, etc. Toda la sociedad se está viendo afectada – lo será más en los años venideros – por el envejecimiento de la población, pero sin duda el segmento de edad sobre el que va a incidir más a corto plazo es sobre el propio colectivo de las personas mayores. Ello se debe básicamente a dos circunstancias mutuamente relacionadas: por un lado, al enorme incremento cuantitativo de las personas mayores y, por otro, al alargamiento temporal de la vida en sus tramos superiores. Es decir, seremos más mayores durante más tiempo.Hace tan sólo cincuenta años, en las sociedades avanzadas, la fase de jubilación equivalía a una octava parte de la vida de las personas, siendo poco frecuente que superara los diez años. Actualmente, la fase de inactividad o jubilación supera a menudo las dos décadas y equivale a una cuarta parte de la vida de las personas. Esta expansión de la última fase de la vida ha obligado a las sociedades más prósperas a revisar los sistemas sanitarios y de protección social con vistas a garantizar a este colectivo una continuidad en la calidad de vida que han tenido a lo largo de su vida activa. Sin embargo, es un hecho ya admitido y, en cierta forma, asumido por la sociedad que la jubilación supone un sensible declive en los ingresos.